El Estado, desempeña un papel fundamental como actor en la conformación de los clústers. No sólo salvaguarda el marco jurídico institucional sobre el que funcionan los mecanismos del libre mercado, participa directamente en la dotación de infraestructura regional y su acción a nivel de políticas públicas puede constreñir o alicentar la inversión.

Tal como señala Dani Rodrik, el maniqueísmo entre la abolición del Estado y la centralización estatal, abre paso a un escenario más realista, alejado de las teorías económicas, en donde el Estado, los agentes económicos y el mercado tienen sus atribuciones propias; límites de desempeño y eficiencia sobre las funciones que a cada uno corresponde efectivamente. Así, por ejemplo, cuando el Estado busca monopolizar los mecanismos distributivos del mercado –salvo excepciones puntuales-, termina siendo ineficiente, de igual forma, los agentes económicos no pueden suplir las funciones redistributivas o garantizar la observancia de las normas de las cuales el Estado es garante. Universidades, escuelas e infraestructura, son todas funciones a través de las cuales el Estado coadyuva sin constreñir la iniciativa privada.

El doble efecto del gobierno en el crecimiento económico de las regiones, ha sido analizado por Paúl Romer, en su teoría del crecimiento endógeno; por un lado, su incidencia es negativa para el crecimiento, dado el efecto recesivo de los impuestos (ingresos del gobierno) los cuales, disminuyen el ingreso disponible en general, así como los beneficios de las empresas, por el otro, el efecto es positivo, generando rendimientos productivos y participando directa o indirectamente en la producción (proveyendo servicios, generando un mínimo de oportunidades, limitando el monopolio etc). Así, pues, el modelo, busca el tamaño óptimo que debe presentar el gobierno para que la economía crezca puesto que, en ausencia de gobierno la economía se estanca, pero si su tamaño empieza a ser muy grande también ocurre lo mismo  (Sala i Martin, 2000).

¿Cuál debe ser el papel del gobierno en la conformación de los clústers?

Para responder a esta pregunta, es necesario ahondar en los procesos de crecimiento endógeno que se han dado en las economías industrializadas, proceso signados por una prístina intervención Estatal bajo un profundo y arraigado proteccionismo propio de la estrategia económica mercantil. Así, pues, países como Inglaterra, Estados Unidos, Alemania y Japón –aunque hoy en día den apertura sus mercados-, fueron proteccionistas en algún momento de su historia en el que utilizaron dicha estrategia para generar clústers y fortalecer sus ventajas competitivas en sectores productivos y en bienes menos diferenciados que los que producen hoy.

Ciertamente, el clúster tiende a la descentralización, no obstante, ¿es realmente incompatible con el proteccionismo? De ninguna manera, las políticas proteccionistas no son ni buenas ni malas como suele condenárseles de forma dogmática y categórica en favor del laissez faire, por el contrario, pueden ser eficaces o no, según se apliquen de forma pertinente por los hacedores de política económica. A este respecto, la conformación de los clústers puede darse en una región bajo el auspicio de medidas proteccionistas nacionales, si se logra eludir la conformación de firmas parasitarias y poco competitivas a nivel internacional, esto es así puesto que el proteccionismo supone barreras de entrada de bienes transables importados al mercado local.

No existe una receta en específico y cada economía es una particularidad, cada una cuenta con una conformación social y económica con propia, de cuya dinámica emergen las fuerzas sobre las que se cimienta el diamante de Porter. No obstante, es necesario reconfigurar el papel del Estado y de las políticas proteccionistas a la luz de la evidencia historiográfica. Aún hoy, países como Estados Unidos subsidian su agricultura y alrededor del todo el mundo se presentan vestigios anacrónicos del proteccionismo, en países portavoces del libre mercado.

Sala i Martin, X (2000). Apuntes sobre crecimiento económico. Barcelona: Antoni Bosch editor.